Por fin habíamos encontramos piso. No muy elegante, pero con las características suficientes para convencernos de pagar lo equivalente a rentar una mansión en México. La primera noche que pasamos en nuestro nuevo piso fue muy divertida, cada quien en su cuarto, arreglando su ropa, acomodando el closet, la cama, las mesas de noche, el escritorio, platicando entre nosotros, la botella de vino, las cervezas, escuchando música a nuestro antojo y sin el miedo de despertar a los familiares de Majadahonda.
Al día siguiente tuvimos el primer día de clase, conocimos a los estudiantes del master, a los coordinadores y a los maestros. Fue una mañana muy relajada, lo que dejó de ser en el momento que pusimos un pie en el piso después de clase. Al llegar al piso, queríamos comer, pero obviamente no habíamos ido al supermercado, por lo que no teníamos nada que comer, el piso estaba sucio y no sabíamos utilizar prácticamente ningún aparato de la cocina o del piso en general. Ahí empezaron las discusiones, las culpas, los gritos y casi los golpes. Fue en ese momento que pensamos, ¿en que nos hemos metido?, ¿Cómo vamos a comer, a lavar, a dormir, a cocinar?
Entonces decidimos hablar al respecto y organizarnos de tal manera que lográramos resolver aquellos problemas de la mejor manera. Pero lo primero y más importante antes de dividirnos las tareas, era la comida. Lo primero, hacer un “menú” de posibles comidas, fáciles de preparar, y difíciles de hacer saber mal. Habiendo definido esto decidimos ir al supermercado los tres, pues sería así más fácil y rápido, y todos participaríamos en la selección de los componentes de nuestro menú. Ahora si, nos podíamos dividir las tareas primordiales de la casa. Uno se quedó con la tarea de cocinar, o al menos intentar cocinar. Al segundó le tocó asistir al cocinero en lo que se pudiera con el fin de ayudar a que la comida sepa mejor, desde sugerir ideas para hacer las comidas hasta sacar y meter ollas, ingredientes y a l vez es el encargado de lavar los platos al terminar de comer. Al tercero le tocó la limpieza de las áreas comunes, el baño, el salón y la cocina.
Como es obvio, al principio la comida sabía “diferente”, los platos no se veían “tan limpios”, y las áreas comunes estaban siempre “un poco sucias”. Claro que, a fin de cuentas se llevaban a cabo todas las tareas necesarias para poder vivir a gusto en el piso. Además, con el tiempo, la práctica, la ayuda y apoyo de los demás, cada uno se volvió mejor en lo que hacía, y cada día que pasaba, la comida sabía un poco mejor, los platos estaba un poco mas limpios y las áreas comunes un poco menos sucias. Al día de hoy, puedo decir que hacemos un excelente equipo de vida. Cada uno sabe exactamente lo que tiene que hacer, y lo que los otros tienen que hacer, y ya no dudamos de la capacidad que cada uno tiene para hacer sus tareas bien hechas. Claro que siguen habiendo las discusiones ocasionales y los pleitos, pero basta con sentarnos a hablar de ello, apoyarnos y buscar soluciones para arreglar los problemas.
Es ahora cuando me doy cuenta de la importancia que tienen los equipos. Me doy cuenta que un equipo exitoso, no es solo aquel que consigue sus objetivos, sino aquel que consigue sus objetivos y a la vez logra que cada integrante del equipo se sienta a gusto, con apoyo y motivado para seguir mejorando cada vez más. Los problemas siempre van a existir, pero basta con tener la disposición de hablar y escuchar a los demás para poder resolverlos. Hasta hoy puedo decir que esta experiencia ha sido una de las mejores de mi vida, y espero que así continúe por el resto del año.
Al día siguiente tuvimos el primer día de clase, conocimos a los estudiantes del master, a los coordinadores y a los maestros. Fue una mañana muy relajada, lo que dejó de ser en el momento que pusimos un pie en el piso después de clase. Al llegar al piso, queríamos comer, pero obviamente no habíamos ido al supermercado, por lo que no teníamos nada que comer, el piso estaba sucio y no sabíamos utilizar prácticamente ningún aparato de la cocina o del piso en general. Ahí empezaron las discusiones, las culpas, los gritos y casi los golpes. Fue en ese momento que pensamos, ¿en que nos hemos metido?, ¿Cómo vamos a comer, a lavar, a dormir, a cocinar?
Entonces decidimos hablar al respecto y organizarnos de tal manera que lográramos resolver aquellos problemas de la mejor manera. Pero lo primero y más importante antes de dividirnos las tareas, era la comida. Lo primero, hacer un “menú” de posibles comidas, fáciles de preparar, y difíciles de hacer saber mal. Habiendo definido esto decidimos ir al supermercado los tres, pues sería así más fácil y rápido, y todos participaríamos en la selección de los componentes de nuestro menú. Ahora si, nos podíamos dividir las tareas primordiales de la casa. Uno se quedó con la tarea de cocinar, o al menos intentar cocinar. Al segundó le tocó asistir al cocinero en lo que se pudiera con el fin de ayudar a que la comida sepa mejor, desde sugerir ideas para hacer las comidas hasta sacar y meter ollas, ingredientes y a l vez es el encargado de lavar los platos al terminar de comer. Al tercero le tocó la limpieza de las áreas comunes, el baño, el salón y la cocina.
Como es obvio, al principio la comida sabía “diferente”, los platos no se veían “tan limpios”, y las áreas comunes estaban siempre “un poco sucias”. Claro que, a fin de cuentas se llevaban a cabo todas las tareas necesarias para poder vivir a gusto en el piso. Además, con el tiempo, la práctica, la ayuda y apoyo de los demás, cada uno se volvió mejor en lo que hacía, y cada día que pasaba, la comida sabía un poco mejor, los platos estaba un poco mas limpios y las áreas comunes un poco menos sucias. Al día de hoy, puedo decir que hacemos un excelente equipo de vida. Cada uno sabe exactamente lo que tiene que hacer, y lo que los otros tienen que hacer, y ya no dudamos de la capacidad que cada uno tiene para hacer sus tareas bien hechas. Claro que siguen habiendo las discusiones ocasionales y los pleitos, pero basta con sentarnos a hablar de ello, apoyarnos y buscar soluciones para arreglar los problemas.
Es ahora cuando me doy cuenta de la importancia que tienen los equipos. Me doy cuenta que un equipo exitoso, no es solo aquel que consigue sus objetivos, sino aquel que consigue sus objetivos y a la vez logra que cada integrante del equipo se sienta a gusto, con apoyo y motivado para seguir mejorando cada vez más. Los problemas siempre van a existir, pero basta con tener la disposición de hablar y escuchar a los demás para poder resolverlos. Hasta hoy puedo decir que esta experiencia ha sido una de las mejores de mi vida, y espero que así continúe por el resto del año.